Entrevista a Rebeca Atencia “Cada ser vivo tiene dignidad, y nuestro deber como veterinarios es protegerla”
Veterinaria y primatóloga, directora del Instituto Jane Goodall en la República del Congo y del Centro de Rehabilitación de Chimpancés de Tchimpounga.
Desde la selva congoleña hasta los auditorios europeos, la historia de Rebeca Atencia es la de una veterinaria española que convirtió su vocación en una misión vital. Madrileña de estudios, formada en la Universidad Complutense, y gallega de raíces, Rebeca dirige hoy uno de los proyectos de conservación más emblemáticos del planeta.
Discípula y colaboradora cercana de Jane Goodall, con quien ha compartido una mirada profundamente ética hacia los animales, su trayectoria refleja una combinación excepcional de conocimiento científico, compromiso humano y esperanza.
En AMVAC hemos compartido una entrañable mañana con ella para hacer esta entrevista.
Inspiración y vocación
¿Siempre supiste que querías ser veterinaria?
Desde pequeña lo tuve clarísimo. Crecí en Ferrol, en una casa llena de animales, rodeada de perros, patos y caballos. Mi padre era médico, así que el componente científico siempre estuvo en casa, pero mi mundo eran los animales y la naturaleza.
Un día conocí a Jaime, un guarda forestal que me marcó mucho. Tras un incendio, rescató y rehabilitó zorros y águilas, y luego los liberó. Aquello me impactó profundamente. Pensé: “Yo quiero hacer eso, quiero salvar animales salvajes”. Desde entonces supe que mi camino era la veterinaria.
¿Por qué decidiste estudiar en la Universidad Complutense de Madrid?
La Complutense es una universidad pública que ofrece muchísimas oportunidades. Allí me especialicé en fauna salvaje gracias a los centros de rescate, al zoo, a la cirugía de aves… Pude practicar desde muy pronto. Esa formación me abrió las puertas para trabajar fuera de España, primero en el Congo, donde llegué con experiencia en anestesia y manejo de chimpancés.
La huella de Jane Goodall
¿Cómo conociste a Jane Goodall y qué supuso para ti ese encuentro?
Fue casi por casualidad. Yo trabajaba en un proyecto de reintroducción de chimpancés en la selva —Help Congo— y Jane visitó el centro. Siempre había oído que no era partidaria de la reintroducción, pero me escuchó con atención, como hace siempre.
Recuerdo que después de explicarle nuestro trabajo, me preguntó qué debía hacer si se encontraba con un chimpancé reintroducido. Le contesté: “Compórtate como si fuera un chimpancé salvaje”. Creo que ese momento nos unió. Jane vio en mí la misma pasión que ella tuvo al empezar. Desde entonces me ofreció trabajar en el Instituto Jane Goodall, y ahí sigo.
¿Qué aprendiste de ella que te acompaña cada día?
Jane me enseñó a creer en las personas, a escuchar y a no rendirme. Su legado no es solo científico, es profundamente humano. Nos recuerda que todos podemos marcar la diferencia, que cada acción cuenta. Ella cambió la manera en que el mundo percibe a los animales al demostrar que sienten emociones y merecen respeto.
Desafíos en el terreno
¿Cuáles son los mayores retos de tu trabajo en el centro de Tchimpounga?
Hay muchos: la falta de recursos, la burocracia, los conflictos… pero también el peso emocional. Trabajar con primates es muy intenso. Te encariñas, los ves crecer, recuperarse… y a veces los pierdes. Nadie te prepara para eso.
He vivido pérdidas que me marcaron profundamente. Recuerdo una chimpancé rescatada del tráfico ilegal a la que no conseguimos salvar. Pero el simple hecho de luchar por su vida fue un honor. Para mí, eso es lo que dignifica nuestro trabajo: intentarlo hasta el final.
¿Cómo se sobrelleva ese componente emocional?
No hay un manual. El vínculo con ellos es fortísimo. Te miran a los ojos, te enseñan una herida para que la cures… saben quién eres. Esa conexión te cambia. Pero también te enseña a aceptar los límites y a seguir adelante con más empatía y humildad.
Ética y bienestar animal
¿Cómo equilibras la razón científica con la emoción?
Con honestidad. Somos veterinarios, pero también seres humanos. Hay que saber cuándo actuar desde el conocimiento y cuándo simplemente acompañar.
Cuando un chimpancé está muriendo y te agarra la mano, entiendes lo que significa la compasión. Ese momento te recuerda por qué elegiste esta profesión.
Colaboración y educación
¿Cómo trabajáis desde el Instituto Jane Goodall para combatir el tráfico ilegal de chimpancés?
Tenemos un enfoque triangular: colaboramos con el gobierno para hacer cumplir la ley, con las comunidades locales a través de la educación y con cada individuo rescatado. Eso ha reducido enormemente el tráfico en el Congo.
También compartimos experiencias con otros países africanos, y en España, donde años atrás hubo mucho tráfico ilegal, seguimos concienciando. La educación y las alternativas sostenibles son clave.
¿De qué formas pueden colaborar los veterinarios o estudiantes desde España?
Hay muchas maneras. Una de ellas es el programa Adopta un chimpancé, que permite apadrinar y seguir la evolución de los animales.
También campañas de reciclaje de móviles, porque el coltán que contienen está detrás de muchos conflictos en África. Y, por supuesto, el voluntariado y la especialización: cada granito de arena cuenta.
El legado de Jane Goodall y la ley de los grandes simios
Has participado en la reciente propuesta de la “Ley Jane Goodall” en España. ¿Qué representa para ti?
Fue un momento muy emotivo. Estar en una mesa con tantas organizaciones diferentes, todas de acuerdo en proteger a los grandes simios, fue histórico.
Jane siempre defendió la dignidad de cada individuo, y esta ley lleva su nombre porque recoge precisamente eso: el reconocimiento de que cada individuo tiene valor propio y merece bienestar. Si ella estuviera aquí, sé que lo celebraría con lágrimas de emoción.
Visión de futuro
¿Cómo imaginas el papel de los veterinarios en la conservación global?
Los veterinarios somos parte esencial del cambio. Estudiamos para salvar vidas, y eso abarca mucho más que la clínica. Desde la salud pública hasta la conservación, nuestra formación nos permite actuar en muchos ámbitos.
Debemos volver a esa vocación original: cuidar, respetar y proteger. Si trabajamos con pasión y coherencia, podemos ser impulsores reales de un mundo más justo con los animales y con las personas.
Consejo a los jóvenes veterinarios
¿Qué les dirías a quienes sueñan con seguir tus pasos y trabajar en conservación?
Que sean valientes y curiosos. Que hagan prácticas, voluntariados, que aprendan todo lo posible y no se rindan. Cada experiencia les enseñará algo distinto.
Y, sobre todo, que crean en sus sueños. Yo llegué al Congo pensando que estaría un año… y sigo aquí. Nunca sabes hasta dónde puede llevarte una decisión guiada por la pasión.







